DEL DOCTOR MANUEL MÁRQUEZ RODRÍGUEZ, INTRODUCTOR EN ESPAÑA DE NUEVAS TÉCNICAS OFTALMOLÓGICAS QUE OPERÓ A GALDÓS DE CATARATAS.
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| Márquez Rodríguez, Manuel. Villaseca de la Sagra (Toledo), 14.III.1872 – Ciudad de México (México), 12.VI.1962. Médico, catedrático, oftalmólogo. |
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| Imagen anterior mejorada y coloreada con IA |
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| Oftalmómetro principios del siglo XX |
La gran figura en esta
especialidad de la Medicina fue, sin duda, don Manuel Márquez Rodríguez (n.
Villaseca de la Sagra, Toledo, 1872-1962), catedrático titular de Oftalmología
en la Facultad de Medicina de Madrid, que había ingresado al cuerpo docente
universitario en 1906, como uno de los primeros números del escalafón
universitario cuando inició su exilio en México en 1939.
Antes de comenzar la guerra, don
Manuel era miembro honorario de las Sociedades oftalmológicas de Francia,
Austria (Viena), Nueva York (EU), Bélgica y México. Durante la República, había
hecho trabajos de histología del ojo, colaborando con el propio Cajal, pero
también dominaba la física de la visión y había descubierto defectos en la
refracción del ojo que estudió con el nombre de esquiascopía. Incluso, cuando
diseñó un aparato nuevo para estudiar la esquiascopía, se le ocurrió pedirle a
Unamuno que, como catedrático de griego, le sugiriese un nombre para el nuevo
aparato. Don Miguel sugirió el de esquiascopodicta, que había sido aceptado por
don Manuel.
En 1936, don Manuel era el Decano
de la Facultad de Medicina de Madrid y, cuando se inició el ataque rebelde
sobre la capital, uno de los primeros bombardeos aéreos afectó a la Facultad
de Medicina. Don Manuel, oficialmente como Decano, hizo una denuncia del hecho
que tuvo cierta resonancia internacional por su prestigio personal y su
entereza al frente del decanato. Por esas mismas razones, cuando llegó a México
en 1939 para iniciar su exilio, que solo terminó con el fallecimiento, la
figura de don Manuel Márquez adquirió un relieve excepcional como Decano y padre
espiritual no solo de todos los médicos exiliados sino también de todos los
universitarios. Gracias a esa combinación de virtudes morales y profesionales,
el presidente Cárdenas se fijó en él para presidir un Comité que, asesorado por
los mejores médicos mexicanos concediese un sucedáneo de títulos revalidados a
los 500 médicos exiliados que llegaron a México sin documentos, permitiéndoles
de esa manera el pleno ejercicio profesional. Así se creó el Ateneo Ramón y
Cajal.
Ese aspecto paternal de don
Manuel, para médicos y universitarios, fue perfectamente completado con la
figura de su esposa, la Dra. Trinidad Arroyo, oftalmóloga como él y su
colaboradora médica, más aún porque la inolvidable pareja de «decanos>>
salió al exilio sin ningún familiar pues no tenían hijos. Otro gran complemento
de la pareja paternal lo constituía la constante presencia de Manuel Rivas
Cherif, su auxiliar en la cátedra de Madrid, secretario del Comité Ramón y
Cajal y su compañero permanente.
En México, la presencia de don
Ignacio Bolívar, el naturalista del Museo que le llevaba 20 años de edad, hacía
indiscutible la preeminencia jerárquica del entomólogo sobre el oftalmólogo,
por lo cual don Ignacio fue el primer presidente de la UPUEE. Cuando falleció
don Ignacio (1944) ya no hubo dudas para que don Manuel ocupase la presidencia
de la UPUEE lo que, sumado a su presidencia del Ateneo Ramón y Cajal, le
confería la doble condición de adalid espiritual de los médicos y de los
universitarios. Curiosamente, a poco de fallecer don Ignacio, llegó a México
don Rafael Altamira que venía de Francia, donde había pasado sus primeros años
de exilio. El gran historiador del Derecho, catedrático de Historia de las
Instituciones Civiles y Políticas de América, ampliamente conocido en los
países hispanófonos de este continente, era varios años mayor que don Manuel y
le llevaba varios lugares de precedencia en el escalafón, si bien ya estaba
jubilado cuando desembarcó en México.
Tenía cierta gracia -una
enternecedora gracia— ser testigo de los inocentes celos jerárquicos entre don
Rafael y don Manuel, ya pasada la edad de jubilación, cuando nos encontrábamos
en un exilio sin precedentes, rotas todas las relaciones con la Administración
oficial española y sin esperanzas de lograr nada que le sustituyese: se trataba
simplemente del celo por presidir a los universitarios del exilio, sin más
objetivo que el prestigio que ello representaba.
La realidad es que don Manuel
Márquez llegó a México con 67 años, en pleno dominio de su actividad
administrativa, aunque no tuviese más que un valor simbólico. Ello quiere decir
que, en 1942, a los tres años escasos de estar en México, se nos deparó la oportunidad
de celebrar la primera jubilación que se presentaba en el exilio mexicano.
Jubilación simbólica -por ello, de mayor valor emocional- que celebramos en el
Hotel Majestic, con vista al grandioso Zócalo de la ciudad de México, en el
mismo lugar y en la misma forma sencilla en que nos reuníamos para todos los
actos universitarios del exilio, desde la fundación de la UPUEE.
Era el mismo panorama que se
observaba desde el Salón de Cabildos (el más antiguo salón oficial de un
Ayuntamiento en el continente americano), al que le sería concedida tres años
después la extraterritorialidad para reconstruir en el exilio las Instituciones
de la Legitimidad republicana. Por tantos motivos, la sencilla conmemoración de
la jubilación de don Manuel Márquez, en el exilio, ha quedado vinculada a la
historia de la Universidad del exilio, ligada a su vez con el destino de la
Legitimidad Republicana.
Al llegar a México, don Manuel
Márquez fue miembro de La Casa de España y después ejerció la especialidad de
su profesión.
Al igual que la mayoría de los
científicos españoles, que tenían buenas relaciones en Francia, en su efímero
paso por suelo francés, al término de la guerra, don Manuel publicó algunos
artículos en revistas francesas:
«La visión steréoscopique sans
stéréoscope. Fussion et rèlief», Bulletin et Memoires de la Societé francoise
d'Ophtalmologie, II, 241, 1939.
«Contribution a l'ètude du
grossissement de l'image droite ophtalmoscopique», Arch. d'Oftalmologie, París,
1939.
Llegando a México comenzó
enseguida la serie de sus publicaciones:
«El método más exacto de
diagnóstico de los pequeños astigmatismos por el empleo de combinaciones
bicilíndricas», Oftalmología iberoamericana, II, 165, 1940.
«El cálculo en dioptrías», C., I,
193, 1940.
«Cómo vemos y porqué vemos mal o
no vemos», Romance, I, n.o 6, 1940. «Cajal y el Imperio español», España
peregrina, II, n.o 8-9, 65, 1940. «Una nueva escala optométrica práctica», An.
Soc. Mex. Oftalm. Otorrinol., XV, 335, 1940.
«Cuestiones oftalmológicas», Ed.
El Colegio de México, 1941.
«Crítica de los llamados
procedimientos modernos, en comparación con los llamados antiguos, de
extracción de la catarata», Ans. Soc. Mex. Oftal- mol. Otorinoloring., XVI,
253, 1941.
«Las especialidades singularmente
la Oftalmología en relación con la Medicina general en sus aspectos
profesionales y docente», Primer congreso Nal. Medic. Interna, México, 1941.
«Algo sobre la historia de los
anteojos, con notas sobre su uso en Hispanoamérica en los siglos XVI y XVII»,
Cuadernos Americanos, I, n.° 4, 144, 1942. «Astigmatismo y biastigmatismo».
«Great usefulnes of biocylindric
combinations in exploration of astigmatism», Amer. J. Ophtalmol., XXV, 1458,
1942.
«Semiología de la diplopia
binocular I», Arch. Méd. Mex., I, n.° 7, 3, Monterrey, 1943; íd. II, íd. n.o 8,
3.
«Cajal investigador y maestro»,
Ans. Medic. Ateneo Ramón Cajal, n.o 1, 5, 1943.
«Las ambliopias y amaurosis de
origen medicamentoso», Arch. Asoc. para evitar la ceguera, II, 163, 1944.
«Don Ignacio Bolívar Urrutia»,
C., VI, 97, 1945; semblanza necrológica escrita con el médico mexicano Ignacio
González Guzmán y el entomologo norteamericano Artur C. Baker.
«Interpretación de la mecánica
oculomotora a la luz de los principios generales que la rigen», C., VII, 97,
1946.
«Manual de oftalmología clínica y
teórica», México, Cuadernos oftalmológicos, 276 pp., 1949.
«Más aportaciones a la teoría de
Cajal sobre el entrecruzamiento de las fibras nerviosas en el quiasma óptico»,
C., XII, 65, 1952.
«Oftalmología especial teórica y
clínica», México, La Prensa Médica Mexicana, 786 pp., 1952.
Su leal auxiliar y colaborador,
M. Rivas Cherif escribió su biografía, al fallecer don Manuel, en C., XXII,
1, 1962.
Una gran figura del exilio de los
científicos españoles republicanos, a don Manuel Márquez se le recordará
siempre con respeto y admiración.

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